¿Qué hacemos cuando nuestro hijo se niega a guardar los juguetes? ¿Cómo respondemos si pega porque está enojado? ¿Podemos decir “no” y, al mismo tiempo, respetar sus emociones?
La crianza respetuosa propone reconocer a los niños y las niñas como personas que merecen un trato digno, mientras asumimos nuestra responsabilidad de cuidarlos, orientarlos y enseñarles a convivir. Implica tomar en cuenta su desarrollo y sus necesidades, sin recurrir a golpes, amenazas o humillaciones para educar. El respeto no sustituye a los límites: define la manera en que los ponemos.
Respetar no significa permitirlo todo
Una confusión frecuente es pensar que criar con respeto significa evitar cualquier frustración, negociar cada indicación o permitir que los niños decidan todo. Sin embargo, necesitan adultos que establezcan reglas claras, ofrezcan opciones apropiadas para su edad y les enseñen formas aceptables de expresar lo que sienten. Podemos reconocer su enojo y, al mismo tiempo, impedir que lastimen a alguien.
Todas las emociones pueden ser escuchadas; no todas las conductas pueden permitirse.
Comprender la etapa antes de exigir una respuesta
Durante el preescolar, la capacidad para esperar, controlar impulsos, seguir instrucciones y manejar la frustración todavía está desarrollándose. Un niño puede recordar una regla y necesitar ayuda para cumplirla cuando está muy emocionado o molesto. Saber qué se espera de él no significa que siempre pueda hacerlo por sí solo. Estas habilidades requieren práctica, recordatorios y acompañamiento adulto.
Por eso, además de preguntarnos “¿cómo hago para que deje de hacerlo?”, conviene considerar: “¿qué necesita aprender?, ¿la indicación fue clara?, ¿hay algo en esta situación que le está resultando difícil?”. Observar lo que sucede antes y después de una conducta permite comprenderla mejor y ajustar los apoyos, en lugar de definir al niño como “berrinchudo”, “desobediente” o “problemático”.
¿Cómo podemos fomentar una crianza respetuosa en casa?
Construyendo el vínculo también en los momentos tranquilos. La relación no debe girar únicamente alrededor de corregir, apurar o dar instrucciones. Compartir un cuento, interesarnos por su juego o dedicarle un momento de atención sin el celular son formas de fortalecer la conexión cotidiana. También ayuda reconocer de manera concreta sus esfuerzos: “Guardaste los bloques en su caja; ahora tenemos espacio para caminar”, en lugar de prestar atención solamente cuando algo sale mal.
Acompañando la emoción antes de dar largas explicaciones. Cuando un niño está desbordado, podemos comenzar por cuidar la seguridad, bajar nuestro tono de voz y ofrecer cercanía sin imponer contacto físico. Después, cuando haya recuperado mayor calma, será más fácil practicar una alternativa. Este apoyo se conoce como corregulación: el adulto ayuda al niño a manejar sus emociones mientras desarrolla sus propias herramientas. Acompañarlo no exige cambiar el límite que originó su enojo.
El papel de la escuela: hacer del respeto una experiencia cotidiana
La escuela no solo comunica normas: necesita enseñarlas, practicarlas y aplicarlas de manera consistente. Acuerdos sencillos como “cuidamos nuestro cuerpo y el de los demás” o “pedimos turno para usar los materiales” deben acompañarse de ejemplos, recordatorios y oportunidades para ensayarlos. Las rutinas claras y los apoyos visuales también ayudan a que los niños comprendan qué se espera de ellos.
Una escuela que educa con respeto también observa las diferencias individuales. Algunos alumnos necesitan más anticipación, otros apoyos para comunicar lo que quieren y otros un espacio con menos estímulos para recuperar la calma. Ajustar estos apoyos no significa renunciar a las reglas de convivencia, sino buscar maneras en que todos puedan aprender a cumplirlas.
Familia y escuela: colaborar sin buscar culpables
Las familias conocen aspectos de sus hijos que la escuela no ve, y las maestras observan experiencias de convivencia que no siempre aparecen en casa. Compartir esa información y mantener una comunicación de doble vía permite acompañar mejor a cada niño. El diálogo necesita incluir tanto las dificultades como sus fortalezas y avances.
Mtra. Sharon Salame Waxman
Psicóloga del Gan.