En la etapa preescolar, los berrinches forman parte del desarrollo emocional infantil. Aunque para los adultos pueden resultar agotadores, incómodos o incluso vergonzosos —sobre todo cuando suceden frente a otras personas—, en realidad suelen ser una señal de que el niño todavía está aprendiendo a expresar, comprender y regular sus emociones.
Entre los 2 y los 6 años, el cerebro infantil continúa desarrollándose, especialmente las áreas relacionadas con el control de impulsos, la tolerancia a la frustración y la regulación emocional. Por ello, cuando un niño llora, grita, se tira al piso o se enoja intensamente, muchas veces no lo hace para manipular, sino porque aún no cuenta con las herramientas suficientes para manejar lo que siente.
Uno de los mayores retos para los padres no es únicamente controlar el berrinche del niño, sino también regular las propias emociones como adultos. Es natural sentir desesperación, enojo o preocupación por “lo que pensarán los demás”. Sin embargo, cuando el adulto reacciona desde la alteración, el niño recibe todavía más tensión emocional y le resulta más difícil tranquilizarse.
Los niños necesitan un adulto que funcione como “ancla emocional”. Esto no significa permitir todo ni evitar límites, sino mantenerse firme y tranquilo al mismo tiempo. Un tono de voz calmado, pocas palabras y una presencia segura ayudan mucho más que gritos, amenazas o discusiones largas en medio del enojo.
Durante un berrinche, puede ser útil recordar algunas estrategias sencillas:
Respirar antes de reaccionar.
Hablar con voz tranquila y frases cortas.
Validar la emoción sin aprobar la conducta. Por ejemplo: “Entiendo que estás muy enojado porque querías seguir jugando”.
Evitar humillar, etiquetar o comparar.
No intentar razonar demasiado mientras el niño está fuera de control emocional.
Esperar a que se calme para conversar y enseñar alternativas.
Los niños necesitan saber que los adultos pueden contener la situación sin perder el control. Cuando el adulto se mantiene regulado, transmite al niño el mensaje de que las emociones intensas pueden también regularse.
Otro aspecto fundamental es no educar desde la mirada externa o la presión social. Muchas veces el estrés aumenta porque el berrinche sucede en público y aparece el temor al juicio de otras personas. Sin embargo, cada niño está aprendiendo a su ritmo, y los berrinches no definen ni a los hijos ni a la crianza de sus padres. Intentar “apagar” rápidamente el berrinche por pena suele generar respuestas impulsivas que después producen culpa tanto en adultos como en niños.
Con el tiempo, y con acompañamiento respetuoso, los niños aprenden gradualmente a expresar mejor sus emociones, tolerar frustraciones y encontrar maneras más adecuadas de comunicar lo que sienten. La regulación emocional no se enseña únicamente con palabras, sino principalmente a través del ejemplo. Un niño que observa a un adulto respirar, calmarse y actuar con firmeza, pero con serenidad aprende poco a poco a hacer lo mismo.
Acompañar berrinches no significa criar sin límites, sino criar con conexión emocional. Y aunque no siempre será perfecto, cada momento de calma, paciencia y contención deja una huella importante en el desarrollo emocional de los niños.
Maestra. Talia M. Izigzon
Psicopedagoga del Gan