El regreso a clases representa un cambio importante para los niños. Incluso cuando ya conocen la escuela, volver implica separarse nuevamente de sus figuras de confianza, adaptarse a horarios, convivir con diferentes personas, seguir nuevas rutinas y responder a distintas expectativas. Para algunos niños este proceso ocurre con rapidez; para otros requiere más tiempo, acompañamiento y paciencia.
La adaptación escolar no debe entenderse como una prueba que el niño tiene que superar inmediatamente. Es un proceso emocional y gradual. Cada niño necesita construir, a su propio ritmo, la confianza suficiente para comprender que la escuela es un lugar seguro, que los adultos que lo acompañan pueden cuidarlo y que sus padres siempre regresarán por él.
Dar espacio para adaptarse
En ocasiones, los adultos esperamos que los niños entren contentos desde el primer día, se despidan sin llorar, participen en todas las actividades y regresen a casa contando con entusiasmo lo que hicieron. Sin embargo, adaptarse puede incluir llanto, cansancio, irritabilidad, necesidad de mayor contacto físico, cambios en el sueño, dificultad para despedirse o incluso conductas que parecían haber quedado atrás.
Estas reacciones no necesariamente indican que algo está mal. Muchas veces son la forma en que el niño expresa el esfuerzo emocional que está realizando.
Dar espacio para adaptarse significa permitirle sentir sin apresurarlo ni compararlo. Frases como “mira, los demás niños no están llorando”, “ya eres grande” o “no tienes por qué tener miedo” pueden hacerle sentir que su emoción es incorrecta. En cambio, podemos decirle: “Sé que despedirte puede ser difícil. Tu maestra te va a cuidar y yo regresaré por ti.”
Validar su emoción no aumenta el miedo; le ayuda a comprenderlo y a atravesarlo. El objetivo no es evitar que el niño se sienta triste o nervioso, sino transmitirle que puede experimentar esas emociones y, aun así, estar seguro.
Los niños perciben lo que los adultos sienten
Los niños no solamente escuchan nuestras palabras. También observan nuestro tono de voz, nuestra mirada, la tensión del cuerpo, la duración de la despedida y la manera en que hablamos de la escuela. Aunque los padres no expresen directamente su preocupación, los niños pueden percibirla y asumirla como propia.
Un padre puede decir: “Todo va a estar bien”, pero si lo hace con angustia, se mantiene indeciso frente a la puerta, regresa varias veces para despedirse o pregunta repetidamente si el niño está seguro, el mensaje que puede recibir es: “Tal vez este lugar no es tan seguro como me dicen.”
Esto no significa que los padres no puedan sentirse nerviosos. Es natural experimentar dudas, tristeza o culpa al separarse de los hijos. Lo importante es reconocer esas emociones y atenderlas entre adultos, evitando colocar en el niño la responsabilidad de tranquilizarnos.
Cuando un padre transmite confianza en la escuela y en las capacidades de su hijo, le presta temporalmente esa seguridad. El niño comienza a pensar: “Si mamá y papá creen que puedo estar aquí, quizá yo también pueda hacerlo.”
Acompañar sin apresurar
Cada adaptación tiene su propio ritmo. Comparar a un niño con sus hermanos, compañeros o con la manera en que se adaptó el ciclo anterior puede aumentar la presión. El hecho de que un niño llore durante varios días no significa necesariamente que no esté avanzando. En ocasiones, el progreso aparece en pequeños cambios: entra tomado de la mano de su maestra, tarda menos tiempo en tranquilizarse, comienza a observar una actividad o menciona el nombre de un compañero.
En este regreso a clases, los niños no necesitan padres que oculten perfectamente todas sus emociones. Necesitan adultos que puedan reconocerlas, regularlas y transmitir confianza. Darles espacio para adaptarse, respetar su ritmo y ofrecerles un hogar estable y afectuoso les permite construir seguridad desde dentro.
La adaptación no sucede cuando el niño deja de llorar, sino cuando comienza a confiar: en su escuela, en los adultos que lo cuidan, en el regreso de sus padres y, sobre todo, en su propia capacidad para enfrentar experiencias nuevas.
Mtra. Sharon Salame Waxman
Psicóloga del Gan.