En la etapa preescolar, los niños viven emociones intensas. Todo es nuevo: aprender a compartir, esperar turnos, perder en un juego, equivocarse al escribir su nombre o no lograr algo a la primera. Y aunque para nosotros puedan parecer situaciones pequeñas, para ellos son experiencias enormes. Recordemos que están viviendo el mundo a través de sus pequeños ojos y su percepción. Por eso, uno de los mayores regalos que podemos darles en estos primeros años es enseñarles a tolerar la frustración.
¿Qué es la tolerancia a la frustración?
Es la capacidad de esperar sin desesperarse, de aceptar que no siempre se gana, de intentar nuevamente cuando algo no sale bien o de manejar emociones como enojo o tristeza sin desbordarse. Esta habilidad es una base esencial para el autocontrol, la perseverancia y la autoestima.
¿Por qué es tan importante desarrollarla desde pequeños?
Porque en preescolar el cerebro está formando conexiones clave relacionadas con la regulación emocional, el control de impulsos, la resolución de problemas y las habilidades sociales.
Un niño que aprende a manejar la frustración tendrá mayores herramientas para adaptarse a los cambios, resolverá mejor los conflictos, podrá enfrentar retos académicos y construirá relaciones sanas.
La vida no siempre será cómoda, pero sí podemos preparar a nuestros hijos para enfrentarla con fortaleza emocional.
¿Qué pasa cuando evitamos que se frustren?
A veces, por amor, queremos evitarles cualquier incomodidad y les resolvemos las tareas rápidamente, intervenimos antes de que lo intenten solos y les damos lo que quieren para evitar un berrinche. Sin darnos cuenta, podemos estar enviando el mensaje de que no pueden manejar la incomodidad y eso limita su desarrollo. La frustración no es un enemigo, es una oportunidad de aprendizaje.
Estrategias prácticas en casa:
Aquí algunas formas sencillas de fortalecer esta habilidad:
Permitir que intenten antes de ayudar.
Validar su emoción: “Entiendo que estés enojado porque no salió”.
Enseñarles a respirar cuando se alteran.
No resolver inmediatamente cada dificultad.
Modelar calma cuando nosotros mismos estamos frustrados.
Felicitar el esfuerzo más que el resultado.
Recuerden: no buscamos que no lloren nunca. Buscamos que aprendan a recuperarse.
Lo que hacemos en la escuela:
En el kínder trabajamos constantemente:
Juegos con reglas.
Actividades por turnos.
Retos adecuados a su edad.
Refuerzo positivo ante el esfuerzo.
Acompañamiento emocional cuando algo no sale como esperaban.
Cada situación cotidiana es una oportunidad de aprendizaje emocional.
Un mensaje para nosotros como padres
Criar implica acompañar emociones intensas. Habrá días con lágrimas, enojos o resistencia. Eso es parte del proceso, pero cada vez que sostienen con calma, cada vez que permiten que intenten nuevamente, cada vez que enseñan a respirar en lugar de gritar, están construyendo algo mucho más grande que una habilidad escolar: están formando resiliencia. Y la resiliencia es una de las mayores fortalezas que podemos regalarles para su futuro.
Si en algún momento sienten dudas sobre cómo acompañar ciertas conductas o reacciones emocionales, recuerden que siempre estamos para apoyarlos. Familia y escuela trabajando juntos logramos un desarrollo emocional más sólido y seguro. Porque educar no es evitar las caídas, sino enseñarles a levantarse.
Ma. Talia M. Izigzon Firman
Psicopedagoga del Gan.